Intervención con adolescentes desde la Teoría del Apego

«Una infancia infeliz no conduce necesariamente a toda una vida infeliz; una infancia feliz no lleva necesariamente siempre a un desarrollo saludable» (Cyrulnik: 2008).

Los cuidados recibidos en la infancia temprana marcan el desarrollo del niño/a, sobre todo si estos han sido deficientes. Si bien es cierto, el hecho de que el niño/a no haya tenido buenos tratos en la infancia temprana no significa que no pueda desarrollarse de una manera adecuada cuando llegue a la adolescencia, aunque son muchos los factores a tener en cuenta.

En la primera mitad del siglo XX se pensaba que los niños/as poseían capacidades innatas que los hacían sobrevivir, restando importancia al entorno, a los cuidados, etc. Se creía que la relación del niño/a con los adultos era meramente objetal, es decir, para recibir alimento y poder sobrevivir. El psicoanalista inglés John Bowlby (1907-1990) demostró la existencia de un fuerte vínculo inicial de apego entre el niño/a y su cuidador a partir de los estudios de diferentes etólogos con ocas y monos, elaborando así la teoría sobre el apego, la separación y la pérdida.

Para entender mejor la teoría del apego definiremos los conceptos de vínculo y de apego. El vínculo es una relación que se establece entre dos o más personas a lo largo de la vida. El apego es un tipo de vínculo que desarrolla el bebé con sus progenitores o cuidadores que le proporcionan seguridad, afecto y tranquilidad para explorar el mundo. Por lo tanto, el apego es un tipo de vínculo afectivo.

Mary Ainsworth (1913-1999), colaboradora de Bowlby, fue quien definió las diferentes formas de apego después de llevar a cabo un estudio de las interacciones entre los bebés de un año con sus madres:

  • Apego seguro. Son niños/as que sienten seguridad con la presencia de su madre, cuando esta se va muestran irritación y enfado, pero al volver se tranquilizan rápidamente. Estos niños/as suelen ser autónomos.
  • Apego inseguro. Los niños/as que no han podido generar el sentimiento de seguridad por no disponer de una figura paternal competente tienen que desarrollar conductas y estrategias para poder sobrevivir. Este tipo de apego queda instaurado en la memoria implícita y sus relaciones futuras dependerán de la relación establecida en estos primeros meses de vida. Existen diferentes tipos de apego inseguro según las conductas que experimentan los niños/as con las figuras cercanas. Así, estos niños/as pueden tratar de inhibirse creando una falsa apariencia de autonomía emocional (apego inseguro evitativo), pueden tratar de activarse buscando la atención con rabia e irracionalmente (apego inseguro ansioso), o se pueden mostrar incapaces de responder de una manera regular a la relación con sus cuidadores (apego inseguro desorganizado).

Todos los vínculos que se crean en la infancia temprana afectan al establecimiento de las futuras relaciones y todos los que no lleven consigo un buen trato, quedan marcados en la memoria implícita, de donde no se tienen recuerdos conscientes, pero que sirven de señal de alarma inconsciente ante determinadas experiencias. La adolescencia es la etapa donde lo aprendido en la infancia temprana juega un papel fundamental para formar la identidad, que permitirá tener la seguridad necesaria para explorar el mundo con garantías suficientes. Si los recuerdos inconscientes (guardados en la memoria implícita) no son positivos, afectarán al desarrollo y se verán reflejados en conductas disruptivas, que hacen que sea muy difícil entender al adolescente. Estaríamos hablando de jóvenes que presentan algún tipo de apego inseguro.

La intervención con adolescentes que presentan algún tipo de apego inseguro debe evitar centrarse en el modelo clínico o en el cognitivo-conductual, más centrado en las conductas, que busca un diagnóstico que en ocasiones lleva a etiquetar al adolescente y diagnosticar trastornos que no se corresponden con la realidad. Por ello, la intervención debe girar en torno al modelo sistémico, ya que el adolescente establece conexiones con diferentes entornos. Es necesario centrarse en la persona, conocer la realidad de la misma, de lo que la rodea, desde un enfoque integral y comprensivo que atienda a su historia y no tanto a su patología.

La intervención debe centrarse en los diferentes sistemas que forman parte del adolescente y que están interconectados, como son: familia, escuela, grupo de iguales y contexto.

Debido a que son muchos los profesionales que intervienen con el adolescente, es muy importante delimitar el marco de la intervención. Así, cada profesional tiene claro el objetivo principal y todas las acciones que se lleven a cabo estarán orientadas a dicho objetivo. La dirección de la intervención la marca un programa de intervención individualizado (PII) donde se plasman los objetivos de la intervención, después de una primera valoración por parte de todo el equipo, atendiendo a la particularidad de cada adolescente.La intervención debe tratar de generar un espacio de apego seguro donde se puedan reparar los daños causados en la infancia; que aprendan a identificar, expresar, manifestar y controlar sus emociones. En definitiva, se trata de trabajar sobre la resiliencia para ayudar a superar el trauma. Para ello, es necesario un equipo interdisciplinar con profesionales formados en apego que trabajen conjuntamente (psiquiatra, psicólogo, educador, trabajador social, enfermero, pedagogo, profesores) y se conviertan en modelos de buenos tratos para el adolescente, en palabras de Cyrulnik: «en tutores de resiliencia».

La evaluación constante (profesionales, intervención y objetivos) es la piedra angular del proceso de intervención. Es muy importante evaluar si las acciones llevadas a cabo acercan o alejan la intervención a los objetivos definidos, de esta manera se podrán introducir los cambios necesarios que lleven al cumplimiento de los mismos. También es importante evaluar regularmente los objetivos planteados. Al actuar sobre el sistema se pueden producir diferentes cambios que hagan plantearse los objetivos definidos al principio.

En definitiva, los adolescentes que no hayan tenido buenos tratos en la infancia van a tener unas particularidades que pueden afectar a su desarrollo, siendo en esta etapa donde más visibles se hacen. Es importante entender que detrás de muchas de las conductas, se esconden unas características limitantes, que no les permiten expresar sus emociones de manera clara y que condicionan su vida y la de todos los que le rodean. Por eso es importante no dejarse llevar por lo concreto de determinadas conductas y ampliar la visión, leyendo entre líneas e interviniendo en todo el sistema que rodea al adolescente, porque como dijo Marcel Proust (1871-1922) «Aunque nada cambie, si yo cambio, todo cambia».

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